Juan Luis Albentosa Aja

Graduado en Historia por la Universidad de Murcia, especialista universitario en Archivística y Diplomática por la UNED y la Fundación Carlos de Amberes, y especialista universitario en Pericia Caligráfica Judicial por la Universidad Europea Miguel de Cervantes y la Escuela de Criminología de Cataluña. Experiencia como técnico de archivo en prácticas en el Archivo de la Catedral de Murcia (ACM) y el Archivo General de la Región de Murcia. También experiencia como preparador universitario de Paleografía y Diplomática. Además, participación en el proyecto de investigación “Señoríos Medievales de Segovia” y en el proyecto de adaptación normalizada de los inventarios del Archivo General de la Fundación Casa Medina Sidonia. A nivel laboral, experiencia en la transcripción y regesta diplomática de documentación medieval, moderna y contemporánea. Además, técnico de archivo en el Servicio Regional de Empleo y Formación de la Comunidad Autónoma de Murcia, y coordinador en el Archivo Franciscano de Murcia.

Los libros corales del archivo musical de la catedral de Murcia

El Archivo Musical de la Santa Iglesia Catedral de Murcia[1] es de muy reciente creación y poco conocido. Se sitúa en el tercer cuerpo de la Torre de la Catedral de Murcia,[2] en la que hoy se conoce como la sala de los refugiados,[3] encima del Archivo de la Catedral de Murcia.[4]

Dentro del AMCM se pueden diferenciar dos secciones: una compuesta de legajos, cuyos fondos más antiguos datan del siglo XVII, libros de polifonía o tratados de música; otra integrada únicamente por una treinta de libros cantorales, en su mayoría del siglo XVIII y XIX.

El libro coral es un volumen de grandes dimensiones que contiene la música y la letra de los salmos e himnos necesarios para la celebración del Oficio Divino[5] que se cantaban durante la liturgia en los monasterios, conventos, catedrales, colegiatas e iglesias,[6] a partir de la segunda mitad del siglo XV en España. Los textos que contienen se basan en las Sagradas Escrituras y el Breviario Romano, aprobado por el Concilio de Trento (1542-1563). En el caso de Murcia, los libros corales custodiados en el AMCM son del siglo XVIII y del XIX. Sin embargo, con las reformas del Breviario Romano en 1913 y el Concilio Vaticano II (1962-1965), este tipo de libros dejaron de utilizarse en España.

En el AMCM he encontrado abundante información referente a la autoría, producción y compra de libros corales. Aparecen numerosos libreros, encuadernadores, puntadores, aderezadores de libros o cordeleros.[7] La mayoría trabajaron durante años para el Cabildo Catedralicio, aunque algunos volúmenes fueron elaborados por órdenes religiosas, como la orden Jerónima de San Pedro de la Ñora de Murcia.

Los libros corales son libros de gran formato, cuyas páginas interiores son de pergamino, y están protegidos por tapas de madera forradas de piel coloreada y reforzadas con herrajes de bronce, En su interior las páginas tienen notación musical gregoriana. Las letras, salvo las iniciales y las capitales, suelen ir en color negro.

La escritura es la gótica libraría redonda o formada, de módulo grande, si bien los más modernos, a partir del siglo XVIII, contienen rasgos de una escritura libraría humanística. Presenta la escritura un gran número de abreviaturas de tipo eclesiástico.

Algunas páginas presentan en su margen inferior derecho los reclamos; esto es, la primera sílaba con la que comienza la palabra del folio siguiente. Además, en la parte superior del folio, en el centro, en diferentes colores, se suele indicar el momento del tiempo litúrgico en el que el salmo correspondiente debe citarse. Asimismo, la mayoría de las páginas están numeradas.

En conclusión, puede establecerse que la producción de libros corales en Murcia estuvo a cargo del Cabildo de la Santa Iglesia Catedral de Murcia, del antiguo convento de la orden de los Trinitarios Calzados y del monasterio de los Jerónimos de San Pedro de la Ñora. Sin embargo, no es de extrañar que pudiesen existir otros centros eclesiásticos en Murcia.

El actual estado de conservación de los libros corales del AMCM es consecuencia tanto del envejecimiento natural de sus materiales como de los problemas derivados de su uso y manipulación. Por tanto, se pretende poner en valor la importancia de los cantorales tanto por su utilidad como por los sujetos que intervienen en su confección, así como por su relevancia en la liturgia y como símbolo del esplendor cultural de la época. No obstante, quedan aún por resolver varios interrogantes en torno a su origen y devenir, sujetos a futuras investigaciones. Además, la elaboración de una propuesta metodológica para su catalogación supone el establecimiento de un instrumento más adecuado para conocerlos y ponerlos en valor y, a la vez, constituye la base desde la que se pueden realizar otros estudios que aumenten este catálogo, o bien, aborden aspectos no contemplados.

Visto todo lo anterior, los cantorales deben ser clasificados, descritos e inventariados. A todo ello hay que añadirle un acondicionamiento adecuado para su custodia y salvaguarda por parte de las instituciones pertinentes. Esto sin duda ayudará a hacerlos visibles para el conjunto de la sociedad y, de esta manera, recuperarán el esplendor de antaño.

*(Versión divulgativa del artículo publicado por Juan Luis Albentosa Aja en la Revista Murgetana bajo el título “Los libros corales del archivo musical de la catedral de Murcia: Una propuesta metodológica para su catalogación”, disponible en http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N140/N140-001.pdf)

Notas

[1] AMCM son sus siglas.

[2] El tercer cuerpo de la Torre comienza a construirse hacia 1765, tras comprobar que la inclinación que había detenido las obras en 1645 no aumentaba, según proyecto de Juan de Gea. Las obras fueron ejecutadas por José López, que había intervenido en la fachada del Palacio Episcopal. La continuación de la construcción de la Torre se produjo gracias a la prosperidad económica del Cabildo y a la intervención del Ministro Floridablanca. En este cuerpo se colocaron dos ángeles sosteniendo el reloj y el escudo del Cabildo. La presencia de este nuevo reloj fue necesaria para la regulación de las horas de riego, proporcionando un sistema fiable a los huertanos, ya que la torre de Santa Catalina y su reloj, usados habitualmente para este fin, se había derrumbado en octubre de 1755.

[3] Esta estancia, además de ser refugio para la población civil durante la Guerra Civil, daba cobijo a delincuentes que solicitaban «asilo en sagrado», ley medieval que daba protección a quien reclamaba clemencia, una práctica que devenía de la antigua hospitalidad cristiana.

[4] ACM son sus siglas.

[5] Silvia Mónica Salgado Ruedas, «Códices corales sevillanos en México», en Complejidad y materialidad. Reflexiones del Seminario del Libro Antiguo, comp. por Idalia García Aguilar, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1ª ed., 2009, pág. 3.

[6] Véase, por ejemplo, la Catedral de Cádiz, el Monasterio de San Lorenzo del Escorial o el Monasterio de San salvador de Tábara.

[7] A.C.M., L.F. 1631, 1653, 1601-1621, 1625-1657, 1659-1683 y 1684-1693.

 

Bibliografía
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