El Archivista y las Relaciones Públicas (1ª parte)

Con la publicación en México de la Ley General de Archivos pareciera que el tan ansiado reconocimiento para la profesión será por fin un hecho; la realidad es que la Ley no establece la obligatoriedad de que los responsables de archivo en ninguna de sus tres etapas sean Archivistas con titulación de nivel superior. Lo que sí establece dicho instrumento jurídico es la obligatoriedad de tener conocimientos en Archivística así que quién compruebe experiencia o haber acreditado un curso, taller o diplomado (en el mejor de los casos) cubre el perfil que estipula la normativa. Esto en principio nos vuelve a poner en clara desventaja puesto que cualquiera que demuestre tener aunque sea la más deslucida y pálida idea de técnica archivística es considerado jurídicamente apto para ser responsable de archivo.

Sí bien es cierto que esta Ley General puede llegar a tener una gran influencia para el reconocimiento de la profesión archivística, este no se dará por sí mismo ya que, de acuerdo con Alday (2010), existe en México toda una serie de normativa que impacta en el quehacer de los Archivos, no así en el reconocimiento del Archivísta Profesional.

Siendo honestos, el creer que una Ley por sí sola va a lograr que se nos reconozca como profesionistas es tan fantasioso como pensar que quién trabaja con esfuerzo y dedicación, algún día llegará a ser millonario; si eso fuera cierto habríamos billones de millonarios en este planeta. El hecho de que en nuestras actividades laborales seamos dedicados, honestos, trabajadores, eficaces y eficientes no necesariamente significa que vayamos a recibir un ascenso.

En el ámbito gubernamental sabemos perfectamente que los puestos directivos son puestos políticos, generalmente asignados a parientes, amigos, amantes, compadres, ahijados o cualquier otro vínculo parecido de quienes tienen el poder (y lo ejercen); lo cual no necesariamente quiere decir que todos los que son designados de esa manera tengan completo desconocimiento de Archivística o de la administración de centros documentales, pero no deja de ser, por lo general, una situación de demagogia (en nuestro perjuicio, por supuesto). Y otro tanto ocurre en la iniciativa privada, los “puestos grandes” también son para los familiares de los accionistas (¿conocen algún Archivista que sea gerente general, director general o que tenga un puesto por el estilo?). La verdad, los hijos de los multimillonarios no se dedican a esto, por lo común estudian derecho, economía, relaciones internacionales, comercio internacional, política o alguna otra profesión considerada “de éxito”.

El verdadero problema es que al parecer carecemos de un auténtico sentido de conquista y liderazgo ya que por lo general nos la pasamos quejándonos de la falta de atención de los titulares y directivos hacía los repositorios archivísticos y bibliotecarios. Nosotros mismos nos hemos victimizado, preferimos ir por la vida haciéndonos los mártires y lamentándonos el nulo apoyo que se otorga a los Archivos así como de la falta de reconocimiento a nuestra profesión en lugar de realizar acciones para modificar dicha situación; esto al único lugar que nos ha llevado ha sido al hoyo así que aquí valdría preguntar ¿tenemos el reconocimiento que nos merecemos?, ¿qué tan responsables somos de nuestra situación profesional?

Si bien es verdad que tenemos perfectamente claros los conocimientos técnicos archivísticos así como de áreas auxiliares (administración, derecho, historia, sistemas de cómputo, restauración), no es menos cierto que se necesita más que ello para acceder a un cargo de alto funcionario ya sea en la administración pública o en la iniciativa privada, por lo cual se hace necesario auto-analizarnos y determinar en qué estamos fallando, qué nos hace falta para lograr un impacto positivo y por tanto el tan anhelado reconocimiento.

Todo es cuestión de actitud

Parecer ser que somos nuestro peor enemigo, lo que en verdad nos esta impidiendo llegar a tener cargos importantes en el ámbito laboral es nuestra actitud y presencia: la forma en la cual hablamos (el volumen y tono que utilizamos), el lenguaje corporal (¿caminamos erguidos o encorvados?), la vestimenta que utilizamos; todo ello transmite un mensaje, de modo que ¿cuál es la imagen que proyectamos? Dicen los especialistas que, en algún momento de la historia antigua, los archivos y las bibliotecas eran territorio de personas de la más alta elite, algunos ejemplos de ello los presentan Juan Ángel Vázquez (1995) en su texto “La función social del tlacuilo, los amoxtlis y los amoxcallis” en el cual analiza el papel de éstos dentro de la sociedad mexica y Cristina Gil Paneque (2010) en su artículo “El alto destino de los escribas” que hace lo propio, pero con los escribas en Egipto.

Es triste admitirlo, pero la percepción que actualmente se tiene de nosotros como profesionistas esta socialmente devaluada; los siguientes párrafos ilustran la forma en la cual somos visualizados los Archivistas y Bibliotecarios:

El hombre se detuvo y dio la vuelta. Era un tipo obeso, con una barba negra moteada y revuelta, que iba vestido de invierno, con botas de montaña, un jersey apolillado y una trenca. Tenía las mejillas irritadas y picadas y una nariz bulbosa con la textura de una piel de naranja. Llevaba unas gafas con montura de metal que parecían sacadas de un rastrillo. Aunque debía de rondar los cincuenta, tenía todo el aspecto de un niño al que han pillado haciendo una travesura.

Will se acercó con prudencia.

–¿Me estaba siguiendo?

–No

–Me ha parecido que lo hacía.

–Le estaba siguiendo —- admitió.

 Will se relajó. Aquel hombre no representaba ningún peligro. Lo clasificó como esquizofrénico no violento controlado.

–¿Por qué me seguía?

–Para ayudarle a encontrar un libro. – No había modulación en su voz. Cada palabra tenía el mismo tono y énfasis que la anterior, pronunciadas todas con una seriedad absoluta.

–Bueno amigo, podría irme bien su ayuda. Las bibliotecas no son lo mío.

El hombre sonrío y mostró una hilera de dientes enfermos.

–A mí me encanta la biblioteca.

–Vale, ayúdame a encontrar un libro. Me llamo Will.

–Yo Donny

–Hola, Donny. Tú primero, yo te sigo. (Cooper, 2010, p. 323)

Con este ejemplo la primera conclusión que me atrevo a formular es que estamos totalmente equivocados con respecto a que la sociedad no nos reconoce. Sí lo hace, no como quisiéramos ni como necesitamos, pero sí hay reconocimiento; de forma negativa como se ha podido apreciar en los párrafos anteriores, pero reconocimiento al fin y al cabo. Así las cosas, nos hace falta empezar a trabajar como gremio en la modificación de la imagen que se tiene del Archivísta y del Bibliotecario.

Y es justo aquí en donde hacen acto de presencia las relaciones públicas, esta rama de la Comunicación tiene como objetivo crear o modificar y mantener la imagen positiva de una empresa, organización, ente o persona; luego entonces, sí queremos cambiar la percepción que se tiene de nosotros necesitamos modificar tanto nuestra imagen exterior como nuestra forma de relación con los demás. Obviamente no se trata de crear una falsa imagen de lo que somos, las relaciones públicas deben ser el medio que nos permita la modificación real de aquello que nos esta impidiendo transmitir un mensaje de éxito hacia los interlocutores (para ser, hay que parecer).

En la siguiente parte del texto, se proponen cuatro estrategias que permitan incidir de manera positiva en la imagen que tanto social como laboralmente se tiene del archivista; y por tanto, que le permitan ingresar en el reducido círculo de la elite directiva, tanto en organismos públicos como en la iniciativa privada.

Bibliografía
  1. Alday García, A. (2010, Feb.). Legislación archivística mexicana federal y estatal, 1977-2009. Archivoqué Gaceta del Archivista. 4(16), 40-52
  2. Cooper, G. (2010). La biblioteca de los muertos. México: Grijalbo.
  3. Gil Paneque, C. (2010). El alto destino de los escribas. Historia y vida, XLII(507), 53-59
  4. Helguera, P. (2005). Manual de estilo del arte contemporáneo. México: Tumbona ediciones.
  5. Maquiavelo, N. (2012). El príncipe. España: Alianza editorial.
  6. Marina, J.A. (2004). La inteligencia fracasada: teoría y práctica de la estupidez. Barcelona: Anagrama.
  7. Real Academia Española. Diccionario de la lengua española [en línea]. Disponible en: <www.rae.es>
  8. Roura, V. (2004). Codicia e intelectualidad. México: Librorum.
  9. Sun Tzu. (2008). El arte de la guerra. México: Tomo
  10. Vázquez Martínez, J.A. (1995). La función social del tlacuilo, los amoxtlis y los amoxcallis. México: Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía.