La “propiedad psicológica” del libro y la forja de la identidad cultural personal

Un reciente estudio elaborado por investigadores de la Universidad de Arizona ha determinado que los lectores sienten un apego diferente entre los libros electrónicos y los libros en formato papel, fundamentalmente, porque perciben su propiedad de forma muy diferente.

Una de las cuestiones que el estudio saca a la luz consiste en que la “propiedad psicológica” de un objeto no siempre está ligada a la propiedad legal del mismo, sino a otro tipo de características que lo hacen nuestro, como puede ser tener control sobre el objeto poseído o, lo que creo que es más importante, que el objeto ayude a definir quién es el propietario del mismo otorgando un sentido de pertenencia concreto dentro de la sociedad.

Sin embargo, es difícil sentirse psicológicamente unido a un archivo digital, ¿verdad?

“In the context of digital products, we thought it would be appropriate to look at how people take ownership of something that’s not really there”

La investigación se llevó a cabo por medio de conversaciones con varios grupos de edad definidos como “generación del Baby Boom”, “Generación X” y dos grupos de “Millenials”, uno más mayor y otro de estudiantes universitarios.

El análisis posterior de estas discusiones moderadas por los investigadores ofreció datos muy interesantes sobre la percepción de estos formatos de lectura para las diferentes generaciones. Uno de los más destacados fue corroborar que en todas las generaciones se sienten emocionalmente más apegados a los libros físicos precisamente por considerarlos no solo como una herramienta de lectura sino como un elemento identitario, cuya posesión y exposición en una estantería resulta relevante para el dueño del libro por considerarlo parte de él. Esto resulta interesante, principalmente, porque confirma que somos o, al menos, nos consideramos lo que leemos, o lo que la gente piensa que leemos, pues es fácil relacionarlo también con aquellas bibliotecas decimonónicas que se adquirían (ya se hacía, incluso, desde época romana) con el objetivo de desatacar socialmente por el número de volúmenes o por mostrar unas estanterías atestadas de libros “vistiendo” el ego de sus dueños. ¿Quién no ha escuchado alguna vez a alguien presumir de la cantidad de volúmenes que posee su biblioteca personal? Sin duda, esta apreciación no tendría el mismo efecto tratándose de una biblioteca compuesta por archivos electrónicos.

Otra de las cuestiones que parece influir en el apego al libro material es la experimentación física del soporte. El olor o el tacto son sentidos que, si ser conscientes de ello, pueden ser importantes a la hora de vivir una experiencia de lectura, más aun si pensamos que nos pasamos largas horas con estos objetos en las manos.

Pero el estudio no solo ha corroborado algunas cuestiones que quizá se podían intuir, ofrece otros datos interesantes como, por ejemplo, que muchos participantes pensaran que las restricciones a la hora de compartir o regalar los libros en formato electrónico hacen que los consideren menos valiosos que los libros en papel o que los lectores más mayores vean más ventajas en el libro electrónico que los más jóvenes, principalmente, por el bajo peso de los dispositivos de lectura y la capacidad para modificar el tamaño de la fuente.

Todo ello, ha permitido a los investigadores obtener algunas conclusiones de interés para la industria editorial: Los libros en formato digital resultan interesantes por las ventajas tecnológicas que conllevan (capacidad, experiencia funcional, etc.) pero carecen de algunas cuestiones fundamentales para los lectores, que no solo buscan el acceso a un contenido textual, sino ser propietarios de una obra que pueden tocar y enseñar y que, por ello, les aporte una identidad en base a la experiencia vital como lector y poseedor de un determinado ejemplar.

Los libros en formato electrónico siguen pareciendo a ojos del consumidor una experiencia o un servicio de lectura más que una obra en propiedad, y por ello no se despierta en ellos ese apego que sí se siente sobre el libro en papel.

Es por ello que los investigadores señalan algunas estrategias como recomendación a las empresas del sector editorial en formato electrónico, entre ellas, añadir valor a los dispositivos de lectura (permitiendo las personalizaciones en los dispositivos, o incluyendo la posibilidad de tomar notas en los márgenes) o, por ejemplo, aumentar las posibilidades de los lectores incluyendo contenidos complementarios como un sonido que complementen la lectura y aporten un nuevo valor.

En cualquier caso, la mayoría de los participantes consideró que el libro electrónico es demasiado caro en comparación con lo que ofrece. Parece que los usuarios valoran muchas más cuestiones que el simple acceso al contenido textual, pero no siempre son tenidas en cuenta por la industria o por los profesionales.

Todavía no se ha llegado a comprender la dimensión real del libro en papel que va mucho más allá del texto que lleva impreso en su interior. El libro constituye un elemento de prestigio en tanto que su lectura y posesión forman parte de la experiencia vital y de conocimiento de los individuos. Quizá por ello al consumidor le sigue pareciendo necesario, al menos por el momento, que estén dotados de ese soporte físico en papel tan valorado.